Este rincón se lo dedico a todos aquellos recuerdos y sensaciones que no quiero que desaparezcan en el olvido. Por ello, me inspiro en ellos para mis logros, para que tengan un sentido importante y así no se esfumen. Estas obras pueden no ser verdades, pero han surgido de unas vivencias que sí lo son. Por favor, dar vida a mis recuerdos.
Una sonrisa se me dibujó en aquel instante… debí de haberme imaginado que acabaría siguiéndome.
Parece mentira que haya pasado un año desde aquella noche, cuando tuve que entrenar a una niña asustada de la realidad para protegerla.
Ahora en cambio, todo es distinto. La tengo ante mí y su cabello escarlata se ha transformado, un color azabache lo sustituye, también su longitud es distinta. Su expresión se ha vuelto más dura y sus ojos se han tornado metálicos en vez de delicados, incluso se diría que su constitución ha pasado de ser la de una adolescente a la de una mujer adulta. Ha aprendido a utilizar armas también, en este mismo momento se encarga de comprobar la seguridad de su pistola.
La llamamos 10, incluso ella ha olvidado su antiguo nombre.
Me está mirando con frialdad, yo me río. Todavía no me ha perdonado, o al menos eso intenta demostrarme, pero no la culpo.
9 truca a la puerta, es la hora. Ella reacciona, se acerca hasta mí.
Sí,
tenía que salir de allí. Recogí una de las sillas que había esparcidas por el
reducido espacio y la empotré contra la puerta. Eric seguía intentando abrir la
puerta a la fuerza, yo me di la vuelta, pensando con rapidez. No sabía lo que
estaba haciendo, pero cogí otra silla con ambas manos y me coloqué detrás de la
puerta. No hice ruido, esperé.
A la
puerta no le quedaba mucho aguante, hasta que al final rompió. El cuerpo de
Eric entró y en ese momento le golpeé con la silla en la espalda, haciendo así
que cayera al suelo. Solté mi arma improvisada y corrí cuanto pude, escaleras
arriba. Aparecí en los pasillos superiores y repetí el mismo recorrido que
horas atrás había tomado; derecha, izquierda, derecha, primera puerta de la derecha,
siguiente puerta, … derecha… esta vez tomé la derecha, esperando que ese fuera
el atajo de Eric.
No sabía
si me seguía, seguro que sí, pero no paré a comprobarlo. Traspasé una puerta
y salté de alegría al reconocer la habitación que servía de almacén donde me
atrapó antes, había entrado por la puerta que él utilizó. Volví a retomar la
carrera con unos brincos, abriendo la tercera puerta de la sala, atravesando de
nuevo un pasillo recto. Corrí, corrí y corrí hasta que se acabó el espacio para
la velocidad y tuve que derrapar tomando un giro hacia la izquierda. Una puerta
apreció ante mí, la abrí y caí al suelo por culpa de un escalón, que me hizo
estremecer por el frío asfalto… ¡¡La calle!! Oí un ruido detrás de mí,
tuve que dejar mi admiración para otro momento si quería desaparecer de su
vista. Me levanté del terreno mojado a causa de la lluvia y seguí mi carrera
pasando del callejón a la calle principal. Me dirigí hacia la derecha, por
tomar alguna dirección, pude descubrir la entrada en la que la furgoneta había
aparcado esa tarde, obligando a mi cabeza a rememorar lo sucedido. El choque de
una puerta pesada en el callejón me sorprendió, ya estaba afuera. Tomé la
esquina de la derecha, rodeando el edificio de mis secuestradores, yendo a
ciegas por un laberinto de calles desconocidas. De repente paré, si seguía
tomando decisiones al azar no llegaría a ningún sitio, sabiendo que Eric se
conocía la zona al contrario de mí. Observé lo que me rodeaba, asustada y con
la adrenalina rebosando en mi cuerpo.
Era una
zona industrial, no sabía cómo esconderme. Vi la pared de un edificio, me di
cuenta de que su superficie no era lisa, tenía grietas por las que podía trepar
hasta cierta altura. Decidido, comencé a escalar aquella idea vertical,
esperando y deseando que él lo pasara por alto. Volví a oír pisadas, debía de
haberse equivocado de camino, pero se estaba acercando. A duras penas conseguí
alcanzar una ventana que estaba a bastante altura, unos cuatro metros y medio.
No sé cómo lo conseguí sin caerme, ya que había llovido y resbalaba…
verdaderamente viene bien la adrenalina para la supervivencia.
Entonces
vi aparecer a Eric corriendo, pasó por
debajo de mí sin ni siquiera mirar por encima de su cabeza, desconociendo mi
paradero. Dobló la esquina sin detenerse, consiguiendo así apartarlo de mí. Me
quedé en silencio hasta que dejé de oírle desplazarse. Ahora podía bajar, más
bien… intentarlo.
Giré y
deslicé una pierna hasta encontrar una de las grietas, me temblaban las
extremidades. Apoyé el peso en el pie derecho, rezando por no resbalar ahora.
De pronto descubrí que no sabía bajar… y si saltaba iba a lesionarme una
pierna, entonces no podría correr. Seguí intentándolo, pero iba demasiado
lenta. Su voz detuvo el silencio del momento.
-Deja que te ayude. – Ya está… me había
atrapado. Ya, ¿para qué rebelarme? Mejor estarse callada.
Escaló
un tramo de pared y me recogió por la cintura para dejarme apoyar todo el peso
en su pierna. Al fin alcancé tierra firme. Él terminó su acción y me miró.
-La verdad, hiciste muy bien en aprenderte el
atajo, te felicito. – Falsas palabras para subirme la moral. – Y por tener la
sangre fría de darme el golpe también, aunque dolió bastante… - Silencio
incómodo, aun no me había agarrado para evitarse otro susto. – Rutz, sé que sabes
a dónde pertenezco. – Lo sabía, pero no nombré aquella palabra, ahora no estaba
segura de nada. – Dilo.
-Pero me equivoqué.
-No te equivocaste, Rutz. OCuST no es un grupo
terrorista, ni somos psicópatas. – Parecía convencido de sus palabras.
-¡Nos habéis secuestrado! – Comencé a llorar,
estaba nerviosa.
-Para protegeros. Fue decisión mía el hacerte
pasar por todo esto. Pero era lo que querías, conocer a OCuST, ahora ya nos
conoces.
-¡No tenías derecho! – Fui alejándome de él.
-No, no lo tenía. Pero era necesario.
-¿Necesario? ¡¿Necesario para qué?! – Gritaba,
no podía contenerme.
-Para evitar que sufrieras. No quería hacerlo,
pero no había otra manera. – No hablé. – Hacía falta que aprendieras.
Ahora sé que tendrás recursos si llegara a pasar algo.
Dudé.
-Si llegara a pasar algo… ¿Qué puede pasar?... –
Ahora quien calló fue él, pero respondió a mi pregunta.
-Mira, aunque no te lo creas no has sido de las
primeras a las que hemos hecho estas pruebas. Llevamos así meses, entrenando a
gente común para saber defenderse ante la ley. Si te hubiera dicho que era una
prueba y que no estaba tu vida en juego no habrías hecho todo lo que has hecho,
no te habrías atrevido a pegarme porque pensarías que era un juego. – Hizo una
pausa. – Quiero saber que estás segura cuando hagamos el golpe de estado.
-¡¿Qué?!
-Vamos a hacernos oír en el centro de la
política, somos más miembros que los nueve que has visto. Llegamos a medio
centenar por lo menos. No sé cómo nos va a salir este movimiento, pero por si
acaso descubren nuestra identidad, he tomado medidas. Te he entrenado por si
hace falta que huyas.
Callé…
esto era demasiada información de golpe. Él se acercó e intentó darme un beso
en la mejilla, yo me aparté. No podía ser verdad todo esto. Al ver mi reacción él
habló.
-Has superado la prueba, has conseguido escapar
de mí. Ahora ya puedes irte, estamos a las afueras de la ciudad, toma tu móvil.
– Y se sacó del bolsillo aquel aparato tan conocido para mí. Yo lo cogí,
después le miré. Eric me devolvió el acto y me mantuvo la mirada. – Aléjate de
mí, no quiero que me sigas.
Dio
media vuelta y comenzó a caminar de vuelta al edificio.
-Te odio… - Susurré mirando al suelo.
-Y por tu bien, que ese sentimiento no cambie nunca. – No se
giró, yo levanté la vista, sin saber cómo me había oído.
En ese
momento todo cambió, algo en mí cambió. Ocurrió en un segundo. Tiré el móvil al suelo y su
interior se convirtió en su exterior, al igual que yo.
Me
desperté de golpe, con una fuerte sensación de ahogo en mi garganta. Abrí los
ojos a duras penas y vi como un hombre con una máscara blanca hacía presión,
sumergiéndome entre el colchón de la cama. Su negro siniestro de la sudadera se
entrelazaba con la piel de mi cuello conforme siguió apretando. No podía
respirar.
Hice
el amago de intentar apartarlo de mí, en vano. Comenzaba a marearme, ya casi no
quedaba aire en mis pulmones. No podía moverme, las sábanas no me dejaban
espacio, me colapsaban dentro de ellas; detalle que aquel extraño aprovechaba
para acabar su trabajo.
Volví
a intentarlo, conseguí liberar un poco el espacio que nos separaba, pero sus
manos no conseguí separarlas de mi cuello. De repente algo cambio en él, la
máscara comenzó a desaparecer inexplicablemente, pude captar rostro tras ella.
Apareció una boca, también una nariz. Y una descarga de dolor me obligó a
cerrar los ojos y a intentar controlar esa sensación extranjera. Ahora sí que
estaba desesperada, ya no podía respirar, me moví histérica intentando
conseguir el aire necesario para no morir, necesitaba una bocanada de oxígeno.
Ya no aguantaba más, ya no aguantaba más y… por supervivencia abrí la boca
cuanto pude, llenando mis vacíos pulmones cuanto pude. Respiré de forma
escandalosa mientras comprobaba con exclamación como mi asesino se había
apartado de mí. Me arrodillé en la cama intentando así coger mejor el aire,
pero no le quitaba el ojo de encima, y él a mí tampoco. Volvía a llevar puesta
la máscara, intacta. Se fue separando de mí paso a paso, andando hacia atrás.
Hasta que a mitad de sala, flexionó las rodillas y descansó su cuerpo en una
silla. Se acomodó y siguió fijando su atención en mí.
No
entendí nada, pero por alguna extraña razón no le presté mucha atención, me
encogí y escondí la cabeza entra los brazos, boca abajo, concentrándome sólo en
mi respiración entrecortada.
Entonces
volví a abrir los ojos, pestañeé hasta que la niebla desapareció, dejando paso
a la luz artificial del techo. Estaba tumbada en la cama, de cara a la pared.
Giré para colocarme boca arriba, extrañada. Había tenido una pesadilla.
-¿Ya despertaste?
Giré
la cabeza, y me sorprendió encontrarme a Eric sentando en una silla, justo en
mitad de la habitación, justo donde se había colocado el asesino de mi sueño.
Me levanté dolorida,
tenía todo el cuerpo entumecido, pero no me importó. El odio me corroía por
dentro como nunca. Corrí con demasiada velocidad los apenas tres metros que nos
separaban y me abalancé sobre él. Me rodeó la cintura a la vez que mis manos
alcanzaron su cuello, la silla volcó y acabamos en el suelo. Yo encima suyo,
con lágrimas de odio entornando mi vista, y él evaluando mi expresión sin
ninguna emoción en su mirada, eran unos ojos vacíos. No me apartó, me dejó
seguir apretando su cuello.
-¿Por qué no haces
presión? – Su pregunta me cogió desprevenida, y sin querer, mis dedos siguieron
su orden, haciendo toda la fuerza que podían sobre su carne. Eric no respiraba,
se mantuvo rígido un minuto, o puede que más, dejando que mis lágrimas
resbalaran por sus mejillas.
-Ya está bien. –
Anunció con falta de voz. Separó los brazos de mi cadera y me agarró a la
altura de los codos. Hizo un corto movimiento, obligándome por el dolor a
soltarle enseguida, pero no me apartó de su pecho, me dejó ahí.
-Te odio…
-Lo sé. – Dijo con
frialdad. – Y espero que siga siendo así.
No
abrí la boca ante aquella respuesta, no la esperaba. Me temblaba el cuerpo de
nuevo, de una forma incontrolable. Eric se incorporó, me levantó igual que a
una pluma y me volvió a dejar en el suelo. Él abrió la puerta y desapareció, tomando
el pasillo de mi huida.
Me quedé
ahí, quieta como un árbol, viendo como le perdía de vista. Tenía miedo, no le
encontraba sentido a esta situación. Eric me había engañado, había estado
conmigo todo este tiempo para vigilarme, seguramente había hecho lo mismo que
los demás secuestradores con las chicas: salir con ellas, ganarse su confianza
para luego secuestrarlas y romperles el alma. ¿Para qué? No lo sé, puede que
sea puro entretenimiento, al fin y al cabo, estábamos separadas del resto del
mundo y nos hacían pelear para que ellos pudieran golpearnos. Pero, seguía sin
tener sentido, era ridículo.
Tenía
que volver a intentarlo, salir de allí, sabía dónde estaba la salida, tan sólo
ser más rápida era lo que me hacía falta. Me sería difícil en mi estado, pero
había que intentarlo.
Me
acerqué a la puerta y apoyé la mano en su superficie. Acerqué la otra al
manillar y tiré. Abierta… me reí… ¿era una broma de mal gusto o qué?
Daba
igual, si había trampa me cogerían, sino, tal vez no. Me deslicé por el
pasillo, escuchando por si alguien se encontraba por la zona, no corría, iba
caminando. Llegué hasta las escaleras y las subí ayudándome por los brazos. No
llegué hasta arriba, me paré a mitad altura para oír alguna señal de actividad.
Pero no era así… ¿dónde estaban? Acabé llegando a la planta superior, fui a
subir el resto de escaleras, pero una puerta me llamó la atención, deteniendo mi
huida. Era la sala donde se habían reunido la vez anterior. Dudé… No pude
evitarlo, me acerqué hasta ella y me mantuve en silencio. No había nadie
dentro, abrí la puerta, tampoco estaba cerrada… era una trampa seguro, no
podían haberme dejado dos puertas abiertas porque sí. Yo lo sabía, pero aun así
entré y cerré sin hacer ruido, con el pestillo puesto.
La
habitación era pequeña, ocupada por una mesa con tres ordenadores y un montón de
informes sobre los teclados. Miré las tres pantallas, y me sorprendí al
averiguar que se trataba de cámaras del exterior. En ellas se distinguía una
calle con coches y un edificio alto, era de noche. Miré la hora, 02:53 ; 14-10-2082.
No
podía creerlo… era domingo… Habían transcurrido apenas unas horas desde el
secuestro en la calle… Increíble. Volví a fijarme en el paisaje dejando de lado
la fecha, las cámaras conducían al mismo lugar desde diferentes ángulos,
vigilando así la calle en su totalidad. No circulaba nadie por ella, aunque era
normal a aquellas horas. No conseguí reconocer donde me encontraba, pero aun
así, qué más daba. Sabía que estaba en la misma ciudad donde yo vivía, con eso
me bastaba.
No
podía entretenerme, bajé la mirada a los folios que allí había. Encontré los
nombres de las seis chicas que estábamos secuestradas, con informes de cada
acto nuestro. En el mío aparecían mi intento de huida, además de los segundos
aguantados en las peleas y si había digerido alimentos o no. ¿Qué? Pero… ¿esto
qué era? ¿Acaso un experimento? Seguí removiendo el poco orden que había hasta
que una tapa de cuaderno apareció ante mí, mi cuaderno… Era mi diario, lo cogí
rápidamente comprobando su estado. Habían escrito en estas páginas, las pasé
hasta las últimas y me encontré palabras subrayadas en la parte de política.
Con la palabra OCuST redondeada con bolígrafo rojo numerosas veces… ¿OCuST? …¿OC…
¡¡OCuST!!
¿Ellos
eran OCuST acaso? … No podía ser, si lo eran no podía huir. Ellos eran los
buenos… Estaba afirmando opciones que no sabía si tenían verdad o no, me estaba
precipitando. Hasta ahora sólo había visto mi diario subrayado, nada más…
Un
ruido en la puerta me devolvió al interior de la sala, alguien había intentado
abrirla. El movimiento se repitió un par
de veces más.
-¿Quién eres? ¡Abre! –
Era la voz de Eric… - ¡¡Rutz!!
El
miedo me corrompió en ese instante… tenía que salir de allí…
9 no
la soltaba. Ella se retorcía ante su agarro para intentar zafarse, pero él
respondía haciendo más fuerza en su cuello. Rutz intentaba no llorar, aunque no
lo conseguía del todo. Nos dirigimos hacia la sala de los combates. 9 tiró a
Rutz al suelo de forma muy brusca, sin ella levantarse.
-Traed a vuestras
chicas a la sala principal. – Les comunicó 9 a mis cinco compañeros y recibimos
sus respuestas por los micros. En pocos minutos aparecieron todos acompañados
de las adolescentes, esta vez no llevaban nada que les impidiera vocalizar, ni
tampoco se encontraban atadas.
5
las mandó sentarse donde se encontraba Rutz, y cuando comprobaron que estaba
llorando, corrieron para ver si le habíamos hecho algo malo. Pero la áspera voz
de 9 cortó sus palabras.
-Bien, vais a recibir
un pequeño castigo, chicas. Gracias a Rutz. – Esperó a ver si ellas le habían
comprendido pero no fue así. - ¡Mónica! ¡Ven aquí!
Una
chica de unos dieciocho años, pálida y con una melena corta y oscura se acercó
a 9 con miedo. Ya sabía lo que le iba a ocurrir. Y recibió un puñetazo en la
cara sin apenas darse cuenta. Su expresión era de dolor, pero volvió a
levantarse, y otro puñetazo cruzó su rostro. Así hasta que acabó rendida en el
suelo y 2 la hizo ponerse de pie para acompañarla a su habitación.
-¡Nikky! – Cuando la
llamó 9, Nikky comenzó a llorar desconsoladamente, no podía parar. La chica
estaba aterrorizada, pero 9 la obligó a apartarse de las demás. La cogió a la
fuerza de la muñeca y comenzó la misma escena de antes.
Tanto
4, como los demás, miraban sin comprender a nuestro compañero. Estaba
demasiado enfadado, y no sabían por qué, no debían de haberse enterado del
intento de huir de Rutz.
Este
castigo acabó pronto, y le siguieron otros tres, dejando a Rutz ver como sus
amigas sufrían violentamente por su culpa. Seguía llorando, hasta que 9 le hizo
señas de acercarse a él cuando se habían ido todos, dejándonos a
ella, 9 y a mí solos en la sala.
Ella
titubeó, pero adoptó rápidamente la posición de defensa y fue acercándose a mi
compañero paso por paso. 9 no dudó y dirigió una patada a su cara;
sorprendentemente ella la paró. Pero tras ese golpe sin apenas un respiro le
siguió otro, y otro, y otro y así sucesivamente hasta que Rutz no pudo
desprenderse de todos y le acabó alcanzando una lluvia de puñetazos y patadas.
Al
final, ella estaba en el suelo intentando respirar. Había durado poco, pero
había durado, que es lo que pretendía 9.
-Llévatela ya, 6. – Lo dijo
con una sonrisa, me di cuenta de que empezaba a creer que podría conseguirlo.
Me
acerqué a Rutz y esta vez no la recogí en brazos, sólo la ayudé a levantarse.
No podía mantenerse en pie, se mareaba. Nos dirigimos con paso lento a su
habitación, y por mitad camino aparecieron 7 y 8. Me saludaron y acompañaron
hasta la habitación de Rutz.
Cuando
llegamos me ayudaron a abrir la puerta para que no tuviera que soltarla y entré
con ella en la estancia, esperándome 7 y 8 en el pasillo, observándonos desde
el cristal. La acompañé hasta la cama y la dejé con delicadeza sobre ella. Di
media vuelta y fui a la puerta, pero sus palabras me detuvieron a pocos metros.
-¿Por qué? – Su voz era
débil, no me giré. No quería ver como apenas podía mantenerse en pie.
-Eric contéstame, ¿por
qué me estás haciendo esto? – Seguí quieto en mi sitio sin responder, tan sólo
giré para mirarla, era lo menos que se merecía por su esfuerzo.
-¡¿Qué cojones
quieres de mí?! ¡¿Por qué?! – Gritaba enfurecida
y asustada, no pensé que tardaría tanto en hacerme estas preguntas.
-Yo te quiero, Eric.
Entonces… - Sus ojos temblaban, también sus labios. Estaba a punto de
desmayarse.
-Pero yo a ti no.
Después
de mis palabras hubo silencio, ya había caído dormida. Me acerqué hasta su
lado. Sí, se había desmayado. La recogí y recoloqué mejor en la cama. Su
camiseta se levantó un poco, dejando al descubierto su vientre. La piel de la
zona tenía magulladuras y pequeños moratones, también estaba enrojecida. Los
oculté con la tela de la ropa, después la miré.
-Lo siento…
Me
separé de su lado y salí de la habitación, dejando a Rutz sola en el silencio. 7
se acercó a mí.
-Tío, ¿estás bien? –
Estaba muy preocupado, al igual que 8, quien me miraba detrás de 7.
-Sí, no te preocupes. –
Mis palabras fueron secas y pronunciadas mientras cruzaba a su lado con la
cabeza gacha.
Sí,
le había dicho que estaba bien, pero una lágrima imperceptible estaba cruzando
mi rostro en aquel momento. Una lágrima de culpa y empatía.
No
podía parar de llorar, tanto por el dolor físico como psicológico. No entendía
nada, ¿quiénes eran esos hombres?, ¿quién era Eric?, ¿qué querían de nosotras?
No encontraba respuestas.
Seguí
desechando lágrimas hasta que me quedé sin ellas, rodé sobre mí y me quedé
mirando al pasillo a través del cristal fijamente. ¿Seguía allí Eric? Despacio,
me separé de la cama y anduve como pude hasta la pared. Me apoyé en el cristal
y eché un rápido vistazo al pasillo. Nada.
Ya
estaba harta. No podía más. Observé cada rincón de la habitación, intentando
hallar alguna cámara. Me extrañó que no me tuvieran vigilada, pero así era. Eché
cuentas, supuse que aun no había pasado la media hora desde que Eric se había
ido. Quería que estuviera cerca, necesitaba llamar su atención, necesitaba que
me explicara lo que ocurría. Y por ese pequeño instante, no tuve miedo.
Decidida,
me acerqué a la puerta y grité, grité muy fuerte, cuanto pude.
-¡Sacadme de aquí!, ¡no
sois nadie!, ¡cabrones! – No paraba de repetirlo una vez tras otra.
-¡Sois unos cabrones!
¡¿Me habéis oído?! ¡Unos cabrones! – A la vez que gritaba le di una fuerte
patada a la puerta. Noté el eco del metal rozando con la cerradura y un sutil sonido.
Entonces callé, me acerqué a la puerta y giré el pomo. La puerta estaba
abierta.
Mis
ojos se abrieron muchísimo, no lo podía creer. Cómo era posible que estuviera
abierta, ya que estaba segura de que no tenía tanta fuerza como para romper el
cerrojo de una sola patada… Eric, … ¿Podía ser que él la hubiera dejado abierta
adrede?... No, era imposible. Él ya no era el Eric que yo conocía, me había
secuestrado junto a aquellos tipos y aquí me tení… Pero… ¿Yo era imbécil o qué?
Tenía la puerta abierta, podía escapar y recurrir a alguien, no podía estarme
haciendo preguntas en ese momento. Así que asomé la cabeza por la puerta, el
pasillo estaba deshabitado. Giré a la izquierda y recorrí el mismo pasillo de
antes hasta llegar a la primera sala. Tampoco había nadie, mas no me fiaba.
Intenté no hacer ruido hasta que aguardé al lado de la puerta por la que había
entrado a este sitio aquella misma noche. Intenté abrirla, pero al contrario
que la de mi habitación, esta sí que estaba cerrada.
Tuve
que buscar otro camino, recordé que la otra sala no tenía más comunicaciones,
así que opté por volver sobre mis pasos y tomar la otra dirección del pasillo.
Y así lo hice, lo recorrí lo más rápido y sigilosa que podía en mi estado. Y
justo al cruzar una esquina, me detuve de un susto y me mantuve en silencio,
deseando que mi corazón no se oyera tan fuerte como yo lo sentía. Uno de los
secuestradores estaba en el pasillo, delante de una puerta. Y nada más verle,
otro salió de esa habitación.
-¿No ha querido comer? –
Preguntó el primer hombre.
-No, pero es normal.
Piensan que están secuestradas. Venga, vámonos con los demás. – Y desaparecieron
por la dirección que yo tenía pensado utilizar.
No
entendí esa conversación, ¿”piensan que están secuestradas”? Eso no tenía sentido.
Estábamos secuestradas. Bueno, es igual, seguí a aquellos tipos hasta que les
vi traspasar unas escaleras hasta un nivel superior. No estaba muy segura, pero
las subí después de ellos, sin hacer ruido. Cuando llegué arriba vi que
detrás de mí entraron en otra sala, y antes de que cerraran la puerta pude
captar la silueta de más personas allí dentro. Allí se reunían entonces. Desconfiaba, pero me acerqué a gatas hasta la puerta, quería escuchar lo que
decían, ver si podía averiguar algo. Uní la cabeza con la puerta y escuché con
gran atención.
-… nos la estamos
jugand… es demasiad… - Mierda, no se podía oír muy bien. Pero lo seguí
intentando.
- Cierto, tien… es
arriesgado. – Fui captando mejor las palabras conforme transcurría la
conversación. Había por lo menos ocho personas ahí dentro.
-…ebemos tom… decisión.
– Esa era la voz del chico que había luchado contra mí. Le tenía miedo, me
estremecí nada más recordar su puño arañándome.
Y la
voz de Eric me distrajo.
-Ya es tard… llevarla.
Tiene que… bar la prueba. - ¿Prueba?
-Nos vas a… líos.
Muchos líos.
-Cállate, 1. – Eric parecía
enfadado.
-No, call… tú, 6. 1
tiene raz…
Lo
siguiente que pude apreciar fueron gritos y riñas, no lo entendía muy bien.
Hasta que la voz del chico que había dado el discurso antes en la supuesta “prueba”
rompió la disputa.
-¡Está bien!... demos
intentarlo. … le una oportunidad. Sino… aun borr… su memoria. – Se mantuvo un
silencio incómodo, no entendía mucho, pero en pocos segundos oí palabras de
acuerdo por parte de muchas voces.
-Ya… eis iros. – La voz
del luchador apareció de nuevo. Y al oír esas palabras corrí en dirección a las
escaleras, ascendiendo otro nivel. Recibí el sonido de la puerta abrirse y
unos pasos, me mantuve quieta, sin moverme, sin hacer ruido, sin respirar, con
los ojos cerrados. Hasta que oí de nuevo la voz del chico del discurso.
-¿Habéis oído eso? –
Entonces los pasos por las escaleras se detuvieron.
-¿El qué?
-Un ruido, no sé. –
Silencio.
-Seguid caminando, yo
ahora os alcanzaré. – Eric… ¡mierda! Algunos pasos siguieron su camino, otros
solitarios regresaron hasta el principio de la escalera.
¡¡Mierda!!
Entonces salí corriendo como nunca. Terminé de subir las escaleras y giré a la
derecha sin saber por dónde estaba yendo. Corrí por un montón de pasillos a
ciegas, recordaba el camino que estaba tomando: derecha, izquierda, derecha,
primera puerta de la derecha, siguiente puerta, izquierda. Giré la siguiente
esquina y traspasé una puerta. La cerré sin hacer ruido, esperando que no me
hubiera oído. No veía nada, la habitación estaba a oscuras, pero no podía
encender la luz, así que me mantuve callada tocando la puerta.
No
noté ningún movimiento ni un solo sonido. Le había dado esquinazo. Di unos
cuantos pasos siguiendo la línea de la pared, hasta que algo me empujó y caí al
suelo. Después noté un peso encima de mí y unas manos que presionaron mis
labios, impidiéndome gritar.
-Buen intento. – Era Eric.
No podía verle, pero era él. Continué dándole patadas y golpeando, intentando
en vano que se apartara de mí. - ¿Vas a parar? – Pero no lo hice, al menos no
durante un rato. Él no se movió de donde estaba, esperó a que yo me rindiera.
Y, al final me detuve. Eric se levantó y me cogió de la sudadera, levantándome
como si fuera una simple manta. No me soltó y encendió la luz.
Mis
ojos tardaron en acostumbrarse a la luz, pero mientras me dirigía a la puerta
por la que yo había entrado, comprobé que había otras dos puertas en la
habitación, y si no había oído nada al entrar, Eric debió de esperarme allí.
Por lo que sólo había un camino, ahora me faltaba averiguar a dónde llevaba.
Tenía que conseguir volver a escaparme y tomar ese atajo. Si me daba otra oportunidad
para ello claro.
No
me resistí en el camino de regreso, pero
él no se atrevía a soltarme, me agarraba de la muñeca y hacía fuerza. Me dolía
mucho, pero no me atrevía a quejarme. Llegamos al nivel de la escalera, y
bajándola nos cruzamos con otro hombre. Era al que llamaban 9. Se detuvo cuando
nos vio bajar, nos prohibió el paso y miró a Eric.
-¿Qué ha ocurrido?
-Se había escapado. –
Admitió Eric. 9 me dedicó una mirada de sorpresa, luego se convirtió en ira. Se
acercó a mí y me cogió por el cuello, haciéndome aun más daño que Eric, quien
me soltó la muñeca y se apartó.
“No
deberías de haberlo hecho.” Esto es lo que me decían los ojos de 9.
No
aguantaba más, tener a Rutz mirándome asustada entre lágrimas a apenas un par
de metros de mí me destrozaba por dentro. Quería levantarme de mi puesto y
abrazarla, disculparme por el dolor que podía ver que le estaba creando. Pero
no, no podía ser así, por lo que le mantuve la mirada y disipé esos anhelados
pensamientos de mi mente. Ella volvió a hundir el rostro entre las piernas y
emitió pequeños sollozos de angustia, dejé de observarla a la fuerza para
dirigir mi atención al reloj de mi muñeca. 22:02
Con
gran decisión, me acerqué hasta ella y me detuve de pie, delante suyo,
esperando a que levantara la cabeza, pero no lo hizo, siguió llorando. Respiré
fuerte y le llamé la atención.
-Venga, levántate. Es
hora de irnos. – Mi tono era frío con ella, pero debía de seguir mi papel,
tenía que conseguir que me odiara.
-¿A dónde?... – Sus palabras
me llegaron con dificultad por su tono ahogado. Fui a contestarle, pero al
final no fue así. En vez de ello, la recogí de un brazo y la levanté ágilmente.
Su reflejo fue separarse lo más rápido de mí y vigilar mis movimientos por si
acaso. Su mirada me dolió más de lo que ella pensaba realmente, pero hice
amagos de separarme de ella e ir hasta la puerta para abrirla. Volví a girarme
y le di órdenes de acompañarme. Tuve que repetírselo hasta que, con duda se
acercó hasta mí y cruzó el pasillo antes que yo. Cerré la puerta y le
indiqué el camino.
Iba
caminando a mi lado pero con distancia de por medio, ella intentaba quedarse
atrás, pero yo le negaba ese privilegio sin llegar a tocarla. Con mucha
tardanza, acabamos llegando a la sala principal del escondite. Miré a Rutz de
reojo, sabiendo que estaba reproduciendo lo sucedido allí durante la tarde.
Intentaba que no me diera cuenta de sus intenciones, seguro estaba de que había
memorizado el camino desde el cuarto hasta esta sala para aprovecharse llegado
el momento.
-Es por aquí. – Le indiqué.
Y traspasamos hasta una sala continua a través de una de las siete
comunicaciones. Allí estaban seis de mis compañeros y las cinco chicas. Bien,
si no se habían escabullido, 7 y 8 estarían en el piso superior haciendo
guardia.
Rutz
se detuvo cuando vio a sus compañeras sentadas en el suelo y atadas por las
muñecas, aterradas, y mudas por una cinta adhesiva que les impedía emitir
sonidos.
Una
de ellas, una joven muy parecida en rasgos a Rutz, pero con el pelo muy negro y
rizado, a diferencia de su cabello liso y con un tono rojo brillante, emitió un
sonido ahogado, delatando nuestra posición. 9, que estaba hablando con los
cinco restantes, se giró de improvisto y se quedó observándonos, a mí y a Rutz.
-6 ya apareció. – Avisó
a 8 por un micro que llevaba incrustado en el cuello de su camisa.
-¿6? – La voz de Rutz
apenas fue escuchada, no entendía la situación todavía. Me giré y comprobé que
estaba paralizada, nos separaban unos metros. Me dirigió una mirada
interrogativa, por un momento vi la ausencia de miedo en ella, pero volvió
cuando me acerqué hasta ella con andar desafiante. Intentó que no consiguiera agarrarla,
pero falló. Y la conduje hasta el resto de las adolescentes. La obligué a
sentarse, fijándome siempre en su forma de mirar las instalaciones, aunque
olvidó pronto estos detalles y dedicó toda su atención a comprobar el estado de
sus amigas, que no paraban de llorar, acosadas por el miedo.
Yo
me quedé con los chicos, a 1 y 3 no les vi muy emocionados cuando yo me uní.
-Vigilad a las chicas
un momento. 6, tú ven. – La llamada de 9 nos dispersó, y él me
condujo hasta una distancia prudente del grupo.
-¿Por qué no la has
amordazado? – Se le veía nervioso, aunque tenía motivos.
-No quería hacerlo, y
no lo veía necesario. Apenas ha dicho dos palabras estando yo presente.
-Aun así, cíñete al
plan. Ya ha comenzado dándonos muchos problemas. Accedimos todos a que ella
podía ser entrenada, pero porque tú lo querías así. Nos la jugamos demasiado
sabiendo que tenéis una relación emocional. – Hizo una pausa y continuó. –
Vigílala.
Hizo
intento de volver con el resto, pero le detuve segundos antes.
-Va a superar la
prueba, sino no estaría haciendo esto.
-Ya lo sé, pero aun así
debo avisarte. Lo que estás haciendo es arriesgado. – Y continuó.
Eran
las 22:10, momento de comenzar. 5 comenzó, y cuando sus palabras empezaron a
hacer eco por las paredes, las seis chicas le prestaron atención.
-Os vamos a soltar
ahora, no intentéis escapar, somos siete y vosotras seis. Os ganamos en
condición física por más que de sobra, estáis avisadas. – Su tono era de
amenaza, y la verdad es que era un hombre robusto, era el que más imponía de
todos nosotros. Después de esto, cada uno se acercó hasta la chica de la que se
encargaba, les quitaron las cuerdas y la cinta adhesiva. Alguna intentó
levantarse y escapar, pero como seguramente no habían comido nada de las frutas
que se les entregó, estaban muy débiles y no les sirvió de mucho.
9,
mientras se vendaba los nudillos, dio unos pasos hacia atrás. Después llamó la
atención de las secuestradas.
-Tú, Nikky. Ven aquí. –
La chica que respondía a este nombre se quedó inmóvil, estaba atónita y no se
atrevía a hacer ningún movimiento. 5, su encargado, la levantó a la fuerza y la
empujó hacia 9. Nikky se colocó delante suyo y de espaldas a sus amigas.
-Colócate en posición. –
Dicho esto, 9 siguió su propia orden y obtuvo una postura de defensa. La chica
no entendía nada, y con gestos dudosos e intermitentes, le imitó. Aun no había
conseguido la postura para protegerse cuando 9 le disparó una patada hacia el
costado. Un aullido de dolor escapó de la garganta de Nikky mientras se
inclinaba, sujetándose con fuerza el abdomen. Sus rodillas llegaron a tocar el
suelo en poco tiempo.
Mi
compañero le ordenó que se levantara, ella no paraba de llorar y gritar de
dolor. Se lo volvió a repetir con un tono más alto, y cuando la chica hizo
amagos de levantarse, 9 se agachó, rápidamente giró sobre sí mismo con una
pierna extendida para que chocara con la de Nikky, haciendo que volviera al
nivel del suelo, pero de una forma más brusca que la anterior.
Aun
no me había acostumbrando a esta primera fase. 5 reaccionó al ver que su
secuestrada no conseguía levantarse del suelo, rodeó a las demás y recogió a
Nikky en brazos. Ambos desaparecieron de la sala.
-Ahora Rutz. – Cuando oí
su nombre se me heló la sangre, acordamos este orden, pero aun así no pude
evitar que un escalofrío recorriera mi médula espinal. Rutz comenzó a gritar y
a retroceder. 3 y 4, que estaban detrás de las chicas, le interrumpieron la
huida y la empujaron hacia delante de una patada. Fui a reaccionar al ver su
trato, pero 2 me dijo con la mirada que me quedara en mi sitio.
Rutz gateó hasta
colocarse en frente de 9. Se irguió, cobrando compostura.
-Ya sabes lo que tienes
que hacer. – 9 adoptó la postura de defensa. Rutz desvió el rostro hacia mí,
luego hacia 9 y negó con la cabeza.
-Colócate en formación.
– Repitió 9 de forma amenazante. Pero ella volvió a negar de forma nerviosa, se
le veía que intentaba retener las lágrimas.
9
descansó su cuerpo y dio un paso hacia ella, yo me adelanté y me coloqué en la
espalda de ella. Entonces 9 se detuvo, me miró y regresó a su posición
anterior, pero Rutz no se giró, mantuvo los ojos cerrados y postura rígida. Yo
le di un pequeño toque de atención en su pie derecho, indicándole dónde debía
colocarlo, después le recogí los brazos, poniendo resistencia por su parte,
pero no demasiada. Cuando al fin conseguí que se mantuviera quieta me aparté, y
dejé que continuaran. Ella volvió de nuevo el rostro para alcanzar mi
movimiento, justo en ese momento su contrincante atacó, acertando con el puño
izquierdo en su vientre. Rutz chilló y se retorció de dolor, las lágrimas ya
aparecían en sus ojos, apretados por la tensión. Tardó un tiempo en
recolocarse, pero no demasiado.
-Defiéndete. – Mas,
ella volvió a negar asustada. Esta vez 9 no se contuvo y volvió a golpearle en
el mismo punto. Rutz cayó al suelo, tumbada.
-Venga, levántate. – Elevó
su pierna derecha por atrás para incitarla a levantarse, al ver que no resultó
efectivo, le dio velocidad pero se detuvo en el último momento. Dejando que
Rutz soltara un grito arrollador por la impresión y la tensión de la falsa
patada.
9 se
apartó de ella, quien se mantuvo tumbada en el suelo.
-Ya te la puedes
llevar, 6. – Me deslicé hasta su lado, y esta vez no pude evitar sujetarla con
delicadeza. No intentó apartarme, calló y me agarró del cuello para
que me fuera más fácil moverme con su peso.
Di
media vuelta y nos separamos del grupo, traspasamos la sala y tomé la
comunicación que nos llevaba hasta su habitación. Ella no se atrevía a soltar
mi cuello, hacía presión y escondía los ojos llorosos debajo de mi barbilla.
Sabía
que ahora me tenía miedo, le aterraba no saber quién era yo, estaba muy seguro,
pero creo que la confianza le pudo en ese momento. Aun así no solté palabra
hasta que llegamos al destino. Abrí la puerta con la llave aun manteniéndola en
brazos y me acerqué hasta la cama. Me incliné un poco para llegar a posarla
sobre esta, pero Rutz no me soltaba.
-Por favor… - Susurró
débilmente. Quería, ¡quería de verdad! Pero no podía permitírselo, tenía que
odiarme con toda su alma.
La
separé de mí haciendo fuerza en sus muñecas hasta que por auto reflejo las
apartara de mí. Volví a la entrada y sin girarme le avisé.
-En media hora volveré
a por ti. – Agarré el pomo y cerré la puerta. Me detuve en el cristal y la
observé, había girado y colocado de cara a la pared, encogida. Le temblaban las piernas y los hombros, se sujetaba el abdomen con fuerza. Estaba llorando.
-Sé que eres lista,
acércate a la puerta e inténtalo. – Susurré esas palabras para mí, confiado de
sus actos, la conocía demasiado bien.
Estaba
mareada, no podía abrir los ojos por mucho que lo intentara, los párpados se
cerraban solos. Notaba peso sobre los brazos, palpé la superficie que me
oprimía dándome cuenta de que era suave. Al fin hallé una esquina y con la poca
fuerza que tenía lo aparté. Me di cuenta de que mi cabeza estaba apoyada sobre
una almohada, y giré poco a poco para alcanzar el suelo. Cuando mis botas
llegaron a tocarlo, intenté erguirme para sentarme sobre la cama. Y entonces
empecé a abrir los ojos. Al principio sólo eran manchas difuminadas y sombras,
después capté la forma de una mesilla y las paredes de una habitación.
Caí
en que llevaba puestos los vaqueros rotos del día anterior, también la camiseta
negra y la sudadera ceñida. Mantenía recuerdos vagos en mi mente: los deberes
de por la mañana, el curso de enfermería, la vuelta con las chic… El pánico me
inundó en ese momento. Apareció ante mí la visión de la aguja y las manos de
Eric presionando mi boca. Dirigí la mano por inercia a mi bolsillo izquierdo,
donde siempre llevaba el móvil, pero no lo encontré allí.
Estaba
asustada, cerré los ojos y una lágrima cruzó mi mejilla, seguida de otra, y así
hasta que perdí la cuenta. Me mantuve sentada en la cama, intentando averiguar
la razón de todo esto, mas no la encontraba. Levanté mi peso de la cama y
caminé hacia el centro de la habitación, el mareo aun no había desaparecido,
pero lo ignoré. Lo ignoré, pero él a mí no, e hizo que cayera al suelo y todo a
mi alrededor diera vueltas. Miré en dirección a la puerta, seguro que estaba
cerrada. No iban a ser tan imbéciles aquellos hombres, así que para qué
intentarlo. Cambié de perspectiva y repté unos centímetros hasta que noté la
pared con mi mano, junté mi espalda con la fría superficie y descansé la
cabeza, esperando que el mareo desapareciera pronto. Tenía que salir de allí.
El
dolor y desconcierto comenzaron a disiparse, justo cuando el ruido de una
puerta abriéndose hizo que me estremeciera. Un varón cruzó dentro de mi
habitación personal, aquel varón era Eric. No se detuvo al verme con la mirada fijamente
clavada en la suya, deseando que mis ojos aparentaran serenidad. Entró y cerró
la puerta tras de sí, no paraba de vigilarme mientras cruzaba el espacio que le
separaba de la cama y se acercó a la mesilla.
-¿No has comido nada? –
No contesté. La verdad, no entendía a qué se refería. No me moví de donde
estaba, y me mantuve callada, deseando que me diera alguna explicación sin yo
tener que preguntar.
Se
acercó a mí, sabía que esperaba a que hiciera algún gesto, pero yo ni le miré,
tenía miedo. Seguí con la cabeza agachada hacia el suelo, él se inclinó y noté su
voz cerca de mi cabeza.
-Aun tienes cinco
minutos para poder comer algo. – Seguí sin dirigirle la mirada. No tenía
apetito, lo único que quería era salir de allí. También obtener respuestas, pero
me daba miedo averiguarlas. - ¡Ah! Casi se me olvida. – Sacó un teléfono móvil
de su bolsillo y me lo lanzó, conseguí cogerlo antes de que cayera al suelo. –
Llama a tu madre, dile que te quedarás a dormir en casa de alguna amiga. Ni
intentes darle alguna pista de tu situación, te lo advierto.
Le
obedecí sin pensármelo, marqué el número de mi madre y su voz volvió a
interrumpir el silencio.
-Ponlo en modo altavoz.
– Apreté el botón adecuado a su orden y esperé a que mi madre descolgara.
-¿Diga?
-Mamá, soy yo.
-¡Ah! Hola, Rutz. ¿Qué
tal ha ido el curso? – Su tono era animado, debía estar con sus compañeros de
trabajo manteniendo una alegre charla. Casi me eché a llorar al oírla, cogí
fuerzas para mantenerme tranquila y que mi excusa pareciese convincente.
-Hola. Bien, bien, ha
estado bien. Oy…
-¿Desde dónde me
llamas? Este número no es el tuyo. – No me esperaba esa pregunta, pero no tardé
mucho en contestar.
-Es el móvil de una
chica del curso, resulta que es una compañera de clase, no sabía que iba a
asistir. – Hice una pausa y miré a Eric, me indicó que continuase. – Oye, mamá.
Ya es muy tarde para volver a casa sola, y me da un poco de miedo la verdad.
Ana me ha dicho que puedo quedarme en su casa esta noche.
-¿Ana?
-La dueña del móvil. –
Esperé a que mi madre dijera algo, si no me daba permiso no sabía lo que
pasaría.
-Bueno, la verdad es
que las diez no es una hora para ir por ahí tú sola… Está bien, pero mañana te
quiero en casa temprano. ¿De acuerdo?
-Sí, gracias mamá. – No
conseguí parecer feliz por la noticia, la voz comenzaba a rompérseme.
-Pásalo bien Rutz, un
beso. – Oí que se cerraba la conexión y antes de poder hacer nada, Eric me arrancó
el aparato de la mano.
No
quería llorar, no quería, no debía… pero no pude evitarlo. Agaché la cabeza y
la escondí entre mis brazos y las rodillas. Oí un ruido y me imaginé que Eric
se había sentado en la cama. Levanté levemente la mirada para comprobarlo. Me
asusté cuando vi que sus ojos iban en mi dirección, era una visión fría de él,
no parecía el mismo que días atrás. Cuál de los dos Eric era el verdadero; mi
novio, el chico que venía a buscarme a casa todas las mañanas. O este joven que
se encontraba delante de mí y sus ojos me advertían que no intentara nada, o lo
lamentaría de verdad.